Si observamos la curva del PBI global de los últimos dos siglos, vemos que la economía mundial se mantuvo apenas creciente y empezó a crecer de forma exponencial cuando las revoluciones tecnológicas comenzaron a encadenarse. Cada salto (la imprenta, el motor, el chip, internet) multiplicó lo que una persona puede producir y saber. Ninguna otra herramienta ni actividad humana generó tanta prosperidad en tan poco tiempo.

La versión reciente de esa historia tiene protagonistas claros. En Estados Unidos, apenas seis industrias tecnológicas explicaron más de un tercio del crecimiento económico de la última década. Y el efecto no se ve solo ahí, donde podría atribuirse a muchas causas, también está en países que arrancaron sin una estructura pujante y apostaron. Estonia salió del bloque soviético siendo uno de los países más pobres de Europa; hoy el 99% de sus servicios públicos son digitales y produce más unicornios per cápita que casi cualquier país del continente. Israel convirtió un territorio sin recursos naturales en una potencia tecnológica: el sector explica cerca del 20% de su economía y más de la mitad de sus exportaciones. Corea del Sur tenía en 1960 un PBI per cápita comparable al de Ghana; apostó a la industria tecnológica y en una generación llegó al primer mundo. Ninguno era candidato obvio. Los tres apostaron a la tecnología como estrategia de desarrollo.
¿Y por qué startups? Porque son el vehículo por el que esa estrategia sucede. No hace falta irse lejos para verlo: hoy un almacén en cualquier rincón de Argentina cobra con QR sin necesidad de un banco cerca, una pyme accede a crédito mostrando sus ventas en vez de su historial bancario, y un freelancer cobra un trabajo desde el exterior en minutos. Cada una de esas soluciones fue una startup resolviendo un problema concreto para el resto de la población. Y en el camino quedan empleo calificado, exportación de conocimiento y propiedad. Las empresas tecnológicas más grandes del mundo eran startups hace veinte años.
Argentina está otra vez en un momento decisivo de su historia. El conocimiento es la exportación que no necesita puertos ni rutas. Los productos que nacen acá nacen de problemas estructurales reales, y lo que resuelve un problema argentino suele resolver un problema latinoamericano. Tenemos el talento y tenemos la necesidad.
Que la tecnología transforma economías ya quedó demostrado. Lo que cada país decide es si construye el entorno para que eso pase adentro o mira cómo pasa afuera. Los hubs se construyen. De eso se trata Crecimiento. Y de por qué tiene que pasar acá: Por qué Argentina.
